Entrevista a Jenn Díaz, autora de “Es un decir”

TEXTO: SERGIO DOMÍNGUEZ GARCÍA

Jenn Díaz es una de las promesas de la literatura española. Con solo 25 años, esta barcelonesa (a la que ya comparan con Ana María Matute y Martín Gaite) ha escrito las novelas Belfondo (2011), El duelo y la fiesta (2012) y Mujer sin hijo (2013), además de haber participado en dos antologías de cuentos y colaborar en diferentes revistas. Su último trabajo, la novela Es un decir, nos introduce en la vida de Mariela, una niña que vive durante el periodo de postguerra y cuyo día a día da un giro inesperado cuando, mientras celebra su cumpleaños, su padre es asesinado. A partir de ese momento, Mariela tendrá que madurar rápidamente al lado de una madre ausente y una abuela que esconde un gran secreto. Desde ElClubExpress hemos tenido la oportunidad de conocer más de cerca a Jenn Díaz, que ha profundizado más en su nueva novela y nos ha contado otros aspectos de su vida.

¿Cómo se puede definir el estilo de Jenn Díaz?
Hay quienes los definen como suspense rural, algo que no me parece mal. Lo que siempre procuro cuando estoy escribiendo es avanzar en la trama de una manera lo más poética posible, pero sin ser lírica. Intento profundizar en una parte de la novela para que, al corregirla, pueda decir: “Vale, ya tengo de que va, ahora voy a hacerlo bonito”. Muchas veces, la corrección es más añadir detalles, momentos, imágenes… y eso es algo que me lo da el leer poesía y escribir poemas, no de forma profesional (risas).

¿También escribes poemas?
Si. Tengo muchos poemas escritos pero no tengo nada publicado. Hago poemas muy concisos sobre una idea, una imagen o un sentimiento, y eso luego lo traspaso a cuando estoy escribiendo. Intento, en cada página y cada poco tiempo, hacer algo que sea bonito, porque me gusta combinar esas dos formas; una continuada, que sea fácil de leer y sencilla, sin mucho vocabulario enrevesado ni frases muy tontas e intelectuales, y otra que sea bonita también.

¿En qué te has inspirado a la hora de escribir Es un decir?
Sobre todo en el pueblo de mis abuelos, que son extremeños. Cuando empecé a escribir también comencé a leer muchísima literatura, lo de siempre, de Ana María Matute y Martín Gaite. Después de leer todo eso y tener mis recuerdos de infancia y adolescencia en el pueblo extremeño, la fusión de esos dos mundos, el literario mental y el que yo he vivido allí con mis abuelos, dan como resultado Es un decir. La escribí hace tres años y no era consciente de lo terapéutico que había sido el libro, porque dentro me había dejado muchas cosas mías. Nada a grandes rasgos en realidad, porque no me ha pasado nada de lo que le pasa a Mariela, pero si muchas de sus maneras para resolver las cosas, como el no preguntar, o el hecho de intentar escuchar las conversaciones de los mayores para ver que pilla y que no pilla… Todo eso es muy mio y al revisar la novela 3 años después, me he dado cuenta. En realidad no pretendía nada de eso, pero, inevitablemente, se te va cruzando tu propia manera de enfrentarte a los conflictos y resolverlos.

“Mariela es la primera mujer de una generación que va arrastrando mucho problemas”


¿Cómo describirías al personaje de Mariela?
Mariela es una niña lúcida que tiene muchísimas ganas de crecer, hacerse una mujer y ser una persona adulta para que la gente la tome en serio. Tiene ganas de no tener que pedir disculpas por existir. Es una niña que está deseando tener una vida normal (de persona mayor normal) y ese proceso está siendo muy duro para ella (por la muerte de su padre, su madre tiene un duelo un poco extraño, su abuela tiene secretos…) y no le están poniendo fácil ese avanzar hacia la madurez. Aunque le está costando, creo que Mariela es una niña insistente, curiosa y muy consciente de sus propias carencias y la de los demás. Me parece que es la primera mujer de una generación que va arrastrando muchos problemas y que ella, por primera vez los enfoca, los localiza y va a intentar por todos sus medios solucionarlos.

jenn diaz - es un decir¿Por qué elegiste un contexto como la postguerra para enmarcar tu novela?
Sobre todo, por las cosas que estaba leyendo porque, aunque ninguna de las novelas que leía en ese momento era puramente una novela de guerra civil, ni de guerra, ni eran novelas en las que la guerra tuviera mayor protagonismo que la historia, sí que tenían ese ambiente de doble España, de estar de un lado o del otro… un poco de choque de dos culturas. Como ahora, que estoy leyendo más literatura del sur de EEUU y estoy escribiendo así, sobre todo, por el ambiente de opresión y de asfixia, que es un ambiente al que yo recurro muchas veces en mis novelas, historias y cuentos. Aunque no te des cuenta, sueles escribir sobre lo que lees; si lees a autores que tienen un estilo muy marcado, este se te pega un poco.

Por ejemplo, cuando leo a Marguerite Duras tengo que reposar, porque si no, acabo escribiendo como ella. Por suerte, al haber corregido Es un decir 3 años más tarde me he depurado un poco y esas lecturas no las tengo tan presentes; puedo corregirlas y puedo limar todos esos aspectos que pueden parecer de imitación y hacerlas un poco mías. Ya me gustaría poder copiar a Duras (risas) pero hay veces que la imitación te sale tan natural que no eres consciente de ello. De hecho, empecé a escribir esta última novela después de leer Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg, y al principio sí que me recordaba un poco a ella, y decía: “esto no es realmente tuyo, es casi adoptado de otros libros”.

¿En qué momento decidiste que querías ser escritora?
Cuando llevaba la mitad de esta novela escrita (hace 3 años) conocí a mi agente y, entonces, me di cuenta. En ese momento tenía dos novelas escritas que había colgado en mi blog para que la gente las leyera y las comentara. En ese momento me parecía que publicar un libro era una cosa de alguien que tuviera muchos contactos o que estuviera en el sitio adecuado; no me parecía un mundo accesible. Y de repente descubrí el mundo de los Premios Literarios. Tenía algunos amigos que mandaban cosas a concursos y que, además, habían ganado premios; premios que, aparte de dinero, suponían una publicación. Me di cuenta de que quizás no fuera tan difícil; es complicado, pero conoces a alguien que lo ha hecho y eso te anima. En ese momento, una de las dos novelas que ya tenía escrita (Belfondo, mi primera publicación) encontró enseguida una editorial que quería publicarla y decidí que la novela que estaba escribiendo no iba a acabar en mi cajón o en el blog para ver cuantos comentarios conseguía. Entras en el círculo de: se la pasas a tu agente, tu agente se la lee, se la mandan a la editorial, la editorial hace una oferta… Una vez que entras en este circuito eres consciente de que lo que escribes no da igual que sea bueno o malo, tiene que ser bueno porque va a haber otra mirada crítica que te va a decir si algo falla o si le ha gustado mucho o poco. El primer año de una persona publicada es un poco extraño por el hecho de no tener ni idea de nada y pasar a recibir ofertas u opiniones de tu novela (que encima con internet lo recibes todo inmediatamente). Realmente tienes respuesta del otro lado y eso es muy raro.

¿En qué ha cambiado Jenn Díaz desde que escribió Belfondo hasta Es un decir?
El mayor cambio es que ahora escribo a mano y eso te modifica un poco el estilo; la primera persona está más pausada y más medida, y me permite corregir y profundizar mucho más. Cuando escribo me acelero muchísimo, me sale muy fácil y en seguida tengo muchísimas páginas. La primera escritura siempre es muy rápida y escribiendo a mano me calmo, porque la mano no te permite la velocidad del teclado, y eso hace que te lo pienses de otra manera. Y después, cuando tienes eso lo tienes que pasar al ordenador, y al copiar todo lo que has escrito, igual ya no te suena bien y lo corriges. Por último, cuando lo has copiado todo, lo vuelves a corregir. Entonces, hay como más fases de escritura y hace que el proceso, aunque sea más lento, esté más madurado. Creo que así tiene mejor calidad.

“El lector crítico está ofendido con los veinteañeros”

Has publicado 4 novelas siendo muy joven. ¿Qué dificultades has encontrado en el camino?
La dificultad que he tenido no ha sido por joven, sino por ser literaria. No es tan difícil el hecho de que seas joven sino que tu novela no tenga un atractivo comercial. Por suerte, Lumen es una editorial muy literaria que está publicando cosas de calidad. La única dificultad que he tenido es de no dar un producto comercial. Mi producto no es intelectual y poco accesible, creo que incluso personas que no son lectoras habituales pueden leer cualquiera de mis libros y entretenerse. Por eso, el lector final de mis libros no es el comprador compulsivo. Por otro lado, por ser joven, he tenido más puertas abiertas que cerradas; el escribir de una época que no es la mía y hacer una cosa un poco distinta a lo que están haciendo los escritores de mi generación hacen que tenga un plus de atractivo para la prensa, algo que me ha abierto muchas puertas. El problema es que hay muchísimos prejuicios con mi generación y, hagas lo que hagas, siempre es como: “que me vas a contar si no tienes ni 30 años”. Pienso que el lector crítico está ofendido con los veinteañeros porque opinan que tanto los temas que están tratando como la experiencias que están viviendo no son demasiado profundos, quizás por el hecho de no estar viviendo una guerra. Desde su punto de vista parecemos como niños jugando a ser escritores y eso no acaba de gustar. Hagas lo que hagas, estás dentro de un contexto generacional y, aunque intentes hacer una cosa distinga y desvincularte de todo eso, es inevitable que seas uno más.

¿Cuáles son las referencias literarias de Jenn Díaz?
Para mí la reina es Natalia Ginzburg porque creo que une muy bien una narrativa oral y una manera de hablar muy coloquial y rural, pero a la vez es capaz de meter a los personajes en una ciudad y hacer que dos mundos encajen perfectamente, que sean naturales, tiernos y te provoquen sonrisas y que, al mismo tiempo, sean muy reales. Al hablar de influencias siempre cito a Martín Gaite, a Ana María Matute, a Delibes, a García Márquez, porque son los que me han ayudado a escribir, pero ahora estoy con Carson McCullers e intentando retomar otra vez a Flannery O’Connor. En realidad, mis padrinos son los de siempre, Matute y Martín Gaite, pero mis referencias van en función de lo que entienda yo ahora por escribir. Para escribir la novela Mujer sin hijo me inspiré en Marguerite Duras un poco más, por ser más física y más pasional y ahora, por ejemplo, que estoy con una ruralidad americana, me apetece más leer a William Faulkner. Mis referencias van un poco en función de lo que me va interesando y voy explorando. Ahora estoy volviendo a mis buenas lecturas y a olvidarme un poco de la mesa de novedades, porque si no, acabas leyendo muchísimo y aprendiendo poco, ya que en realidad estás leyendo a gente que está a un nivel muy parecido al tuyo y de esa forma no puedes aprender. Mis referencias son totalmente distintas a las de hace 3 años, y dentro de 3 seguramente sean otras.

“Citar a Martín Gaite y a Ana María Matute ha provocado la comparación”


He leído que algunos críticos te consideran la heredera de Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. ¿Qué piensas tú al respecto?
De alguna manera citarlas provoca la comparación. Cuando estoy diciendo que para escribir estos libros yo me ayude un poco de esas lecturas, creo que sin querer provocas una cierta cercanía con los autores a los que tu pones como referencia. También creo que al ser mujeres que escribieron sobre la vida de provincias y yo, al ser mujer escribiendo sobre un mundo rural, puede más en realidad que si nos parecemos realmente o no. Martín Gaite y Ana María Matute también han sido comparadas y cuando las lees, ves que Gaite es un poco más intelectual, de haberse ido a Nueva York, de ser profesora, de dar conferencias, de tener ensayos… y Matute es un poco mágica, con un mundo real pero con un halo de hada mala, como dice ella. Son perfiles muy distintos que coincidieron en una época haciendo ciertas cosas que se podrían recordar y que la crítica al final tiende a unir. Por afinidad en temas, por ser mujeres y por haberlas citado provoco un poco que se me compare, pero, en realidad, si se hiciera un análisis de las obras de cada una no me parezco en nada (risas). Pero yo estoy encantada, la verdad. No me quejo.

¿Te ves en un futuro como ganadora del Premio Cervantes?
Ojala. Cuando lo gana la Matute es una sensación parecida a cuando Alice Munro ganó el Nobel. Piensas: “una mujer escribiendo cuentos ha ganado el nobel… igual yo….”. Cuando alguien a quien tú admiras y te sientes identificado gana un premio piensas que si trabajas mucho, a lo mejor también puedes tener tu pequeño momento de recoger esos frutos. Lo mejor que se puede hacer es buscarse una buena editorial, una buena editora y no depender de todo eso para seguir. Por supuesto, cuando la Matute ganó el Premio Cervantes te hace verte en ella, porque a pesar de ser académica, creo que no es una persona con un perfil muy institucional, me parece que va un poco por libre, que ella está ahí sola en su casa escribiendo y es una abuelita entrañable con sus libros y sus cosas. Cuando lo gana alguien así, que ha trabajado tanto, que tiene talento y que hace con él lo que debe, te hace pensar que no todo está vendido y que no todo es una estafa. Pero bueno, de aquí al Cervantes me queda muchísimo por trabajar.

¿Tienes algo pensado para tu siguiente novela?
Hice el Camino de Santiago y tengo muchas notas de las cosas que viví y del hecho de andar. De andar con un objetivo y de las cosas que te pasan, como el cansancio o el micro-mundo en el que entras, ese de cargar con tu casa a cuestas y de no tener comodidades si te sucede un contratiempo. Tengo muchas notas y me gustaría hacer algo con ellas. Ahora estoy escribiendo cuentos, pero para la siguiente novela pretendo coger todos esos apuntes del Camino de Santiago y darles forma.



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