Los criterios ocultos del programador cultural

Los criterios ocultos del programador cultural

El día a día de un programador cultural puede parecer sencillo, no entraremos ahí, pero, sin duda, sí que entraña una serie de decisiones que están en el punto de mira de mucha gente, especialmente de los artistas afectados por sus elecciones -sobre todo los que quedan fuera- y del público que espera tener acceso a las propuestas artísticas que más le atraigan. En un mundo ideal, y en los manuales de gestión cultural, el programador cultural se encontraría ante un folio en blanco y empezaría a dibujar sus programaciones únicamente con criterios como la calidad artística o las estrategias de desarrollo cultural de su zona o de su proyecto. Sería un profesional 100% coherente, con capacidad absoluta, enfrentado al infinito universo de creaciones artísticas, capaz de poner en orden, racionalmente, cada una de las opciones que tiene para completar sus programaciones.

Elegir lo que uno piensa qué es lo mejor no es una ciencia exacta

Como programador cultural he tenido ocasión de seleccionar más de trescientos espectáculos en la última década, sobre todo en artes escénicas, y especialmente en el ámbito de las artes de calle y el circo.  He charlado con compañeros programadores y con compañeros artistas, desde la visión de que estamos todos en lo mismo y más nos vale comprendernos. Pero no siempre nos entendemos. En muchas ocasiones por la inocencia o desconocimiento de los propios artistas, que piensan que el programador tiene un entorno perfecto en el que simplemente tiene que seleccionar las mejores propuestas artísticas-, y en otras es el propio programador el que prefiere mantenerse levitando a unos centímetros del suelo en lugar de contar mejor su trabajo. Este artículo, por si alguien lo quiere entender como un ataque al programador, no pretende ser sino justo lo contrario: humanizar su figura, porque, a fin de cuentas, elegir lo que uno piensa que es lo mejor en una programación no es una ciencia exacta.

Más allá de casos perniciosos, tendenciosos o incluso ilegales -el programador no deja de ser una persona que puede decidir dónde va a parar un dinero-, el programador cultural honesto tiene un día a día complejo y lleno de limitaciones, muchas de ellas muy mundanas. Sin embargo, rara vez lo oiremos reconocer estas situaciones tan poco románticas y no siempre el artista o el público es consciente del carácter terrenal en el que tantas veces se desenvuelve el cuerpo y la mente del programador. Solo si tenemos cierta confianza con el programador, o si baja la guardia, o si llevamos ya un tiempo en esto, podremos oír algunos de estos condicionantes. Así pues, asumamos que estas cosas pueden pasar en las mejores familias:

– El programador no siempre acierta, pero por siempre será capaz de argumentar sus elecciones

– En ocasiones se programan cosas solo porque son baratas.

– El programador tiene amigos, algunos de ellos dentro de la profesión, y a veces programará por afinidad personal.

– Igualmente, también podrá descartar propuestas porque no se entienda personalmente con los artistas.

– Su vida, como la de tantos, no siempre es un remanso de paz. También tiene plazos de entrega, que a veces cambian o se anticipan, por lo que se puede ver muchas veces programando a la carrera.

– No siempre se está inspirado. En días de espesura mental, una llamada oportuna hace que recuerde a un artista que no tenía contemplado y termine contratándolo.

– Muchos programadores programan cosas que no han visto. Por intuición, porque una foto les dio buena pinta o porque se lo han aconsejado.

– El equipo humano del programador puede condicionar sus decisiones. Si el espectáculo es complejo técnicamente, o si requiere de personal del que no dispone -o que tiene muchas dificultades de horarios-, también tendrá que descartar propuestas artísticas, por buenas que sean. Y… bueno, también existe la posibilidad de que el programador sea el primero que no quiera complicarse la vida.

– También entran en juego el miedo a ofender al público, al cliente, al patrocinador o al empleador; el miedo a los medios de comunicación y a las polémicas. El programador se autocensura.

– Entre dos espectáculos de aparentes características similares, el programador tendrá que echar a suertes con qué se queda. Y en ocasiones se equivoca y se arrepiente, todos somos humanos. Pero también sabe encontrar argumentos absurdos para justificar su decisión.

– La contradicción existe, y un mismo argumento que sirve para descartar una propuesta en una programación puede servir para que otro espectáculo termine entrando. En ocasiones, donde dije digo, digo Diego.

– El programador tiene gustos personales y a veces se da caprichos sin pensar en nada más. Otras veces podrá programar cosas que no le gustan, pensando, por ejemplo, en que va a atraer a mucho público. En la rueda de prensa todo será maravilloso.

– Hay criterios desconocidos para el público, como los que imponen las subvenciones existentes al tejido cultural, que pueden ser los definitivos a la hora de establecer una programación.

– El programador es un ser humano falible que no tiene la verdad absoluta y que muchas veces elige una cosa como podría haber seleccionado otras muchas.



Gestor cultural. Experto en comunicación cultural. Director de ElClubExpress



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