Laboratorio Bienal, un paréntesis flamenco

Laboratorio Bienal, un paréntesis flamenco

La Bienal de Flamenco es el mayor proyecto cultural de Sevilla. Si se mira desde La Bienal hacia fuera, hacia la sociedad, es la actividad con mayor proyección, capacidad de atracción turística y repercusión mediática y cuenta con una enorme afluencia de espectadores. Si se mira hacia dentro, hacia la profesión, hacia el arte flamenco y hacia el sector cultural, es capaz de hacer lo que muchos otros proyectos anhelarían: ser verdadero motor de un ámbito como el flamenco, condicionar y propiciar nuevas creaciones en artistas que se pasan dos años pensando en qué hacer para la siguiente Bienal, y poner de acuerdo a todas las instituciones y entidades vinculadas con la cultura en una ciudad normalmente tan dispersa y absorta en sus cientos de mini guetos culturales, endogámicos e incomunicados entre sí, en líneas generales.

Estas dos cuestiones son una constante en un festival que propicia encuentros insospechables entre artistas normalmente distantes, estrenos de todo tipo de propuestas y una insólita congregación de espacios culturales y fuentes de financiación. Ningún agente cultural de la ciudad quiere estar fuera de La Bienal; las agendas culturales y de programación cambian en paso para albergar, ya sea en el CICUS, el Teatro Maestranza o el Teatro Central -por mencionar tres espacios de gestión y propiedad bien diferente- las últimas novedades flamencas. Un alineamiento que, dicho sea de paso, resultaría igual de beneficioso en muchos otros festivales y proyectos culturales de la ciudad, pero, como decíamos, la lucha por la “personalidad propia” al final convierte a esta pelea -que debería ser común- por generar una buena oferta en la ciudad, tanto interesante como de calado, en innumerables batallas en solitario.

Estas dos cuestiones, la de la generación de nuevas producciones flamencas y el alistamiento de los agentes culturales, también se dieron en el Monasterio de La Cartuja, sede de la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), que cada septiembre concentra su mayor actividad cultural y que, con motivo de La Bienal hace un acertado paréntesis para centrar parte de estas programación en la creación flamenca. Esta programación, que termina siendo paréntesis para la UNIA y para la propia Bienal, se le ha llamado Laboratorio Bienal, para entrar muy claramente en la filosofía del servicio cultural de la UNIA, afín a la investigación y a la innovación, también en ámbito de la sensibilidad y las emociones. Un laboratorio que sirvió para mostrar a los seguidores del flamenco otras maneras de hacer, y a los no tan seguidores a localizar estímulos inesperados, rompiendo prejuicios a una y otra barrera del sentir flamenco. Laboratorio Bienal se presentó como tres días de programación, dentro de las actividades paralelas de La Bienal, algo que tal vez desmarca sus actuaciones del discurso artístico del festival, o tal vez contextualiza y subraya su especificidad. Yo me quedo con lo segundo.

Gero Domínguez: Vanguardias y Retaguardias. 16 de septiembre

El joven bailaor Gero Domínguez (1985) se autorretrata desde el propio título de este espectáculo, un montaje en el que encarna a la vanguardia en el flamenco y cuya retaguardia, o faceta más tradicional, se encuentra en el apartado musical o en la estructura del propio montaje. Vanguardias y Retaguardias es definido por su autor como “un recorrido por el tiempo a través del baile y de la música”, y también incorpora algún guiño teatral para acentuar esos viajes en el tiempo, como la aparición de un afilador de cuchillos, con ese soniquete tan proustiano en escena.

Un artista inquieto y valiente, cuya ausencia de miedo es el mayor incentivo para seguirle la pista. En el espectáculo, que ya pudo ser visto en enero en el Centro Cultural Cajasol, Gero muestra su energía y lanza su candidatura para continuar en la brecha abierta por otros bailaores como Israel Galván. Tal vez el haber sido un espectáculo ya mostrado en la ciudad provocó que fuera la noche de menor afluencia de público de las tres, aunque la amenaza de lluvia tampoco ayudó demasiado. De hecho, de la amenaza pasamos al aguacero, lo cual precipitó el abrupto final, pero también nos dejó una de las estampas más curiosas de La Bienal, con el público paraguas en mano y los artistas sorteando el temporal.

Bulos.net & Los Voluble: Cartuja a Ras. 17 de septiembre 

Cartuja a Ras fue, sin duda, el espectáculo que más y mejor condensaba el espíritu de Laboratorio Bienal, siendo también el menos flamenco y más performativo y, por tanto, el más controvertido y diferente de los tres. Este espectáculo, el único creado específicamente para La Bienal y concebido también específicamente para el Monasterio de La Cartuja, lo que hace difícil que vuelva a representarse, fue un compendio de los discursos estéticos, políticos y pedagógicos de ese colectivo a veces tan concreto y a veces tan difuso que es Zemos98. Remezcla, audiovisual, ruido, investigación, arte sonoro, actitud crítica, sentido del humor y acento en los procesos por encima de los resultados. Y así fue la actitud con la que disfrutamos de esta obra experimental, conociendo además que se trataba precisamente de un trabajo de un conjunto de artistas que han buscado, en primer término, disfrutar de ese trabajo de equipo, proyectándolo hacia el exterior.

Raúl Cantizano, El Niño de Elche o -sorpresa- la prestigiosa Rocío Márquez, se incorporaron a un itinerario con varias paradas y acciones artísticas, con el que descubrimos rincones normalmente ocultos del Monasterio de La Cartuja. La especulación inmobiliaria, el arte, la crisis, la Torre Pelli, la política local o, muy especialmente, La Expo’92, fueron material de trabajo para las consignas, audiovisuales y clips sonoros, en un corta-pega continuo lleno de imágenes visuales y sonoras estimulantes para un público entregado, especialmente en el momento en el que caminamos a oscuras entre los olivos y en la rave en la que se convirtió la última parada, llena de recortes de vídeos de la época de la Expo y con la música a un volumen intencionadamente alto.

Este público entregado, formado en gran parte por otros artistas y amigos en la órbita de Zemos98, pudo disfrutar del proceso que, siempre dentro del lenguaje remezclado de Zemos98, se iba compartiendo las semanas previas a través de la web del espectáculo y de las redes sociales. Y no dudamos, más bien lo vivimos, que para todos los participantes fue una experiencia única, y para muchos de los asistentes  una auténtica sorpresa, ya que en Sevilla este tipo de montajes, en diálogo con el espacio en el que se desarrollan, no suelen tener demasiada cabida. Por remezclar, se remezclaron hasta las facetas de los artistas, y así, por ejemplo, pudimos ver a Rocío Márquez como accionista, al cantaor El Niño de Elche como actor/perfopoeta o actuar los hermanos Jiménez Benito y Pedro, normalmente en facetas técnicas, de gestión o de dirección.

Marco Vargas & Chloé Brulé, con Fernando Mansilla: Me va Gustando. 18 de septiembre

El ciclo Laboratorio Bienal se cerró con el más esperado y aplaudido de los tres espectáculos, y probablemente en el que más equilibrio existe entre los nuevos lenguajes y lo que todos entendemos por flamenco, dicho esto solo con ánimo meramente descriptivo, no con intención laudatoria. Aunque no se trata de un espectáculo creado expresamente para La Bienal, y de hecho pudimos saborearlo la semana anterior en la Fira de Tárrega (Lleida), sí que es un espectáculo que entra en perfecta sintonía con el espíritu de la programación de la UNIA. Para empezar, se es el fruto del experimento que supuso la reunión de Marco Vargas y Chloé Brulé con el escritor y dramaturgo Fernando Mansilla, gran poeta de las cosas mundanas. Pero además es la segunda entrega de un trabajo en proceso que tuvo por primer título No me gusta, en el que el autor reconocía su aversión al flamenco “aunque no me enorgullezca por ello”.

El precioso emplazamiento, solo ensombrecido -nunca mejor dicho- por unos inoportunos y constantes cortes eléctricos, que afortunadamente solo afectaron a la iluminación y no también al sonido, ayudó a impulsar un espectáculo en el que la propuesta habitual de los bailaores/bailarines, acompañados por el también habitual Juan José Amador, que hacía doblete tras acompañar a Gero Domínguez, se engarza a la perfección con la actitud, tempo escénico e inteligencia literaria de Mansilla. Un gustazo para los sentidos y para la cabeza, que además supone el redescubrimiento de algo que ya sabemos: la capacidad ilimitada que la pareja artística formada por Marcos y Chloe tiene por delante; el sinfín de opciones que esperamos poder disfrutar en el futuro al contar con un lenguaje propio y reconocible, pero flexible a incorporaciones e innovaciones de todo tipo, como hicieran en sus espectáculos anteriores, con y sin Juan José, con y sin audiovisuales y, ahora, con y sin el gran Mansilla. Y no me extiendo más, porque mi compañera Gloria Díaz les habla más extensamente de este espectáculo en este artículo.

Fotos: Rosa Colell

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Gestor cultural. Experto en comunicación cultural. Director de ElClubExpress