Otras lecturas de la Semana Santa de Sevilla

Otras lecturas de la Semana Santa de Sevilla

Quizás alguien no residente en Sevilla no pueda hacerse una idea de la envergadura que alcanza aquí la Semana Santa. O tal vez sí, ya que al fin y al cabo es una de las pocas veces en el año, junto con la Feria de Abril, las olas de calor y los “milagros” electorales socialistas -que también son acontecimiento fijos y, por lo visto, previsibles- en los que la capital toma cierto protagonismo mediático. Además de estos días señalaítos, la presencia de la Semana Santa es constante, a lo largo y a lo ancho, por arriba y por abajo: Todos los barrios cuentan con sus hermandades, varias según qué barrio, que realizan numerosas actividades a lo largo del año, previas a la eclosión procesional. Existen tertulias, bares, vídeos, música y tiendas cofrades abiertas 365 días al año. Hay unas sesenta cofradías (unas setenta contando las que salen el viernes y sábado previos al Domingo de Ramos) que ponen más de 100 pasos en la calle. Sólo el número de nazarenos que procesionan -de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección- son 45.000, por lo que si se suman costaleros, bandas, camareras (las personas que tienen el privilegio de vestir y preparar las imágenes para salir a procesionar), personal auxiliar y voluntario de cada hermandad, etc., las personas que participan activamente en las procesiones superarían las 60.000 con facilidad. Existe, por tanto, una cultura en torno a la Semana Santa de Sevilla. Es, de hecho, LA CULTURA.

Paralelamente a este fenómeno, cada año, y más desde que existen las redes sociales, se genera una especie de malestar y cierto ácido cinismo -a veces muy divertido- en un sector de la sociedad sevillana que no está conforme con este despliegue, un descontento que probablemente es desconocido para decenas de miles de sevillanos, que no conciben que puedan existir voces discordantes ante la Fiesta Mayor. Los motivos son diversos: vivir en el centro puede convertirse en un infierno de ruidos y embotellamientos humanos, la famosa “bulla”, que a veces impide hasta llegar a tu propia casa. Cualquier recorrido a pie se triplica en tiempo fácilmente, en bici o motocicleta hay que rodear la ciudad y en coche… en coche es mejor no entrar a Sevilla.  Pero, por supuesto, existen también motivaciones más viscerales e irracionales contrarias a la Semana Santa, ya que hay personas a las que les hierve la sangre por cuestiones sociológicas, históricas, intelectuales o incluso estéticas que tienen que ver con el peso de la Iglesia en el estado laico del siglo XXI o la lucha de clases.

El quid de la cuestión de este descontento, si fuéramos capaces de dejar de pensar con las tripas, probablemente está en la incapacidad que parece tener esta ciudad por trabajar a distintos niveles en simultáneo. Aunque existen personas, admirables a mi juicio, que lo llevan to p’alante, y combinan el arte contemporáneo con una alta actividad semanasantera -todos concemos casos-, Sevilla parece empujarnos a las eternas dicotomías: Betis-Sevilla, Triana-Macarena, Tradición-Modernidad. Es una ciudad, en efecto, profundamente polarizada, también políticamente (recomiendo estudiar los resultados por distritos de las últimas elecciones andaluzas), en el que las opciones divergentes conviven más por ignorancia mutua que por solapamiento y transversalidad. En esta situación, tiene cierta lógica que los menos favorables a la tradición, que son obviamente una minoría, sientan, como minoría que son, cierto desplazamiento -un desplazamiento que suele llegar a Conil, Caños y otras playas de Cádiz en estas épocas-, mientras ven una ciudad autoconsumida en su ensimismamiento fervoroso. O, dicho de otra manera, la energía, el poder, la voluntad social y política, está donde está. Y tal vez deba permanecer ahí, al fin y al cabo la democracia trata de mayorías. No lo sé. Pero me apena que todo tenga que ser blanco o negro, que realmente no se genere más energía, recursos y voluntades para crear una coexistencia entre el folklore y las nuevas propuestas de ciudad. Una cosa es mantener vivo el folklore y otra que sea éste el que permanentemente esté tirando del carro. El folklore, a la vanguardia.

Centrándonos en el tema cultural, el simple despliegue de infraestructuras deja en evidencia que cuando se quiere, se puede. Intenten organizar alguna actividad cultural en la calle. Cortes de calle o incluso la petición del espacio pueden ser un imposible para una ciudad que sabe perfectamente cómo se hacen estas cosas, a lo grande, a lo bestia, cuando interesa. Pidan un escenario al Ayuntamiento, o una toma de corriente. Pidan una cita con algún cargo. Pidan que el ayuntamiento les expropie un edificio por 380.000 euros, lo restaure por millón y pico y luego se lo vuelvan a ceder gratuitamente (leer noticia sobre los Baños de la Reina Mora). Y no, no es una cuestión del PP, es una cuestión de historia, de peso social y del rumbo escogido.

La Semana Santa es patrimonio e identidad y , y lo que queda, de Sevilla. Así es y probablemente deba ser, por el aplastante apoyo del sentir popular y por las abrumadoras cifras económicas que genera, hechos que pocos discuten. Pero aquí, artículos como éste, son un peligro para el que los escribe, porque da la impresión de que no se puede ni siquiera cambiar una tilde del discurso oficial sin ofender a nadie. Solo hay que comprobar reacciones a un artículo relacionado con éste, como fue “Sevilla, a veces, es una mierda“. Y eso sí que no puede ser. Hay preguntas que formular, de las que tampoco creo que existan respuestas claras: ¿La Semana Santa supone tanto freno a la cultura contemporánea como los más agoreros piensan? ¿Podemos confiar en los más ingenuos cuando afirman que la hegemonía de la Semana Santa en los intereses locales no afecta a la creación y consolidación de otras iniciativas culturales? ¿Realmente hay tan poca gente que sepa conjugar una cosa con la otra? ¿Ante una clara mayoría que quiere permanecer en un mismo estado es lícito y deseable soñar con la transformación social? ¿Tienen razón los que piensan que si no te gusta la Semana Santa no te gusta Sevilla y que si quieres hacer cosas distintas lo mejor que haces es largarte? ¿Los que se sienten excluidos y desplazados están exagerando? Sin embargo, ese discurso oficial es incuestionable, en sentido estricto, porque cuestionarlo te convierte en antisevillano, en enemigo e incluso en mala persona. Y esto también, me temo, tiene su lógica, porque no estamos hablando solo de razones, sino de sentimientos. Algunos, incluso religiosos.



Gestor cultural. Experto en comunicación cultural. Director de ElClubExpress



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