Atrapados en La Habitación Roja

Atrapados en La Habitación Roja

 

Ayer, que por cierto así se titula una de mis canciones favoritas de La Habitación Roja, fue uno de esos conciertos que sin esperarlo, como oculto tras un recoveco de tu serie favorita y que no sabes cómo ni cuándo va a aparecer, se convirtió en un rato inolvidable. Y es que, ahora que ha pasado puedo confesarlo, la última vez que vi a estos valencianos, me quedó un sabor de boca agridulce, porque no me gustó el bolo que se marcaron en la Custom, no sé si por el sonido de la sala, por la sonorización o por vaya usted a saber, pero mis expectativas no se cumplieron.

 

Con algo de retraso, bueno con bastante, comenzaron la velada los chicos de “El Imperio del Perro”, que llegaban desde San Julián, ese barrio del centro de Sevilla, lleno de contrastes y que compagina, cofradías, con “yonketas”, con caracoles en la plaza del Pumarejo y con una efervescente movida cultural alternativa que ha adoptado a muchas manifestaciones culturales, tras la absorción de la Alameda por el “mainstream” sevillano. Y como los rockeros que se han ido curtiendo por los locales de la Alameda, estos chavales pusieron de largo su “garaje-rock” en ese escenario único ubicado en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, y donde todos los años disfrutamos de estos momentos de música tan especiales (gracias al CAAC y a Green Ufos).

 

Y tras una hora de contundente rock, aparecieron Jorge y los suyos, bajo un marco incomparable, donde como ellos mismos comentaron, se alineaban/alienaban (jeje) estrellas bajo la atenta mirada de una luna a punto de estallar de calor. Y esta vez sí, desde el primer acorde, desde la primera nota, desde la primera sílaba que salió del grupo (en un español más refinado, menos glotón de letras que el nuestro), sentí (porque esto se trata de sentir) que aquello iba a gustarnos y mucho. Como andaban repasando sus veinte años de trayectoria, decidieron que el concierto tuviese un hilo conductor cronológico, empezando por sus primeras composiciones e ir desmenuzando progresivamente su repertorio. Todo sonó bien, dedicatorias incluidas a una chica a quien su pareja trataba de recuperar (sino siempre te quedará Tinder, comentaron desde la banda) y a ¿Ana?  que cumplía años. Al más puro estilo Sprignsteen, Jorge subió a un chaval al escenario, que parecía ir más preparado para un concierto del tal Justin Bieber (si está mal escrito, lo siento) que para este, pero su padre es “foro” de LHR y allí estaba el chaval sin saber que decir.

 

Sonó “Ayer”, “La Moneda en el Aire”, “De cine”, “Si tú te vas, magnífica desolación” (la preferida para el propio Jorge), “La Segunda Oportunidad” y consiguieron que todos gritásemos al unísono aquello de “Indestructibles” (nosotros también lo fuimos una vez, ¿recuerdas?). Nos dejaron con las ganas de escuchar “Febrero” pero a cambio nos regalaron al final una joya, una de esas canciones que, como ellos mismos nos contaron, forman parte de nuestra banda sonora desde hace muchos años. Recurrieron a The Smiths, y le “robaron” a Morrissey esos 5 minutos de gloria que supone envolver el aire con “There is a ligth that never goes out” y que ya terminó de rematarnos. Momento álgido de la noche, lo comentaba luego con mi amiga Bea de Mondosonoro, que puso un punto y aparte a la noche para algunos que siguieron al ritmo de la música independiente que continuó pinchando Amparo Dj’s  y, final para otros que decidimos abrazarnos a Morfeo tras un “día perfecto”.

 



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