¿Quién está matando el rock en Sevilla? Pesadilla en Alameda Street

¿Quién está matando el rock en Sevilla? Pesadilla en Alameda Street

 

En una sociedad como la nuestra hablar de música puede dejar de ser una fiesta y transformarse en  la crónica de un crimen.

(Crimen-  Acción de gran maldad o irresponsabilidad que tiene consecuencias graves)

 

Las principales víctimas son adolescentes.

(Adolescente- del latín – Que crece. Aunque algunos pretenden asociarlo a “adolece”- “que padece alguna enfermedad”)
(Un arcaico verbo de la lengua religiosa romana lo asocia con “adolere”- Hacer arder, quemar en sacrificio, salpicar el altar con sacrificios)

 

Todo comienza una noche de primavera. Estoy durmiendo, tras mucho trabajo necesito descansar. Pienso un instante sobre un artículo que verse sobre bandas jóvenes de la ciudad. Creo que “¿Dónde está el rock?” sería un buen título. Estoy a punto de dormirme, muchas veces en ese instante pienso en los REM, por aquello de mover los ojos cuando soñamos y en ese momento justo suenan unas trompetas (“el juicio final”, me dijo el enano imaginario que tengo de okupa en mi lóbulo frontal), tambores, cornetas, más tambores, pasos. Entra el ruido por la ventana, me desvelo. En fin, es música.

Me reúno con un grupo de jóvenes. Un domingo temprano por la mañana, un lunes por la noche,  un miércoles. Ensayan varios días, durante horas. Componen sus propias letras (en su caso prefieren el inglés). Hacen rock. Recuerdan uno de sus primeros ensayos, pasaba por allí el bajista del mítico Silvio y entró sorprendido  por la fuerza.

Han logrado grabar una maqueta con 6 temas, pero no tienen lugares para tocar en el barrio. “Soñamos con tocar en la Alameda, pero es difícil, hay una sola sala”. “El principal problema es la normativa con respecto a los ruidos”. “Un momento”, dije, “ayer me despertó la banda de una hermandad”. Se miraron. “Eso sí se puede”. “Hay mucha hipocresía”. Y luego dicen que la juventud está perdida…

Quieren tocar, seguido y para su gente, en su barrio, en lugares accesibles para sus amigos.

Son parte de una movida de rock joven, tienen talento, tienen redes sociales para difundir sus temas y su sueño no tiene nada que ver con la “industria de la música y su crisis”; es más básico, más puro y, por supuesto, más lleno de rock: quieren tocar, seguido y para su gente, en su barrio, en lugares accesibles para sus amigos.

Tal como dijo Lou Reed la gente quiere “ver el cuerpo”. No basta con conocer el nombre de un grupo y escuchar el soundcloud.

“Conocemos y hemos formado parte de bandas que se desintegraron por puro aburrimiento. Luego de ensayar meses y tener un buen número de temas, dar conciertos en pueblos y alguno suelto por aquí. Incluso tras ganar concursos de bandas jóvenes”.

ASESINO EN SERIE

Quizás identifiquemos al asesino en serie, oculto entre nosotros. Un asesino de bandas jóvenes. Adolescentes que sueñan con hacer rock.

Asesinar desde los sueños es uno de los crímenes que tienen varios cómplices necesarios. La normativa los silencia, el Ayuntamiento los desprecia, la policía los detiene cada tanto.

“Presentamos las solicitudes para Alamedeando -festival cultural en la Alameda de Hércules recientemente cancelado- y el Día de la Música, tocamos en ambos gracias a la gente de “Regina Market” que nos puso en sus actividades, pero no tocamos en el escenario de la Alameda, tocamos frente a un bar, en una calle en obras”.

Un día de Alamedeando, por ejemplo,  en pleno concierto frente a “Un gato en bicicleta” vino la policía. Se acercó al batería en medio de un solo y le dijo “¿Usted es el responsable de esto?”, el muchacho (de 15 años) lo miró y cuando terminó la canción le contestó “¿De esto, de la batería o del barrio en general?”. Mientras los organizadores discutían con “la pasma” ellos siguieron tocando. Soñando los pueden tratar de atacar pero despiertos no son tan fáciles de detener.

Recuerdo ese día, en el  escenario principal tocaron grupos “adultos”, alguno- quizás- de fuera del barrio.

David Byrne cuenta que compuso “Psycho Killer” en soledad, pero se transformó gracias a tocarla en vivo con su banda de entonces. Tocar en vivo, sentir a la gente, a tus iguales vibrar con tus temas, para poder incluso cambiarlos y saber cuáles no son viables y cuales deben ir más rápido, más fuerte o desaparecer, para saber cuáles son más importantes que el silencio. Tocar en vivo.

Pregunto en una par de bares de la Alameda, suele haber algo de música. “Si tienen batería les digo que no. Son jóvenes y les gusta dar caña. Los vecinos. El ruido”. Pregunto a alguien del Ayuntamiento y me habla de una legislación muy dura a nivel de Andalucía. Por lo visto el monstruo es  más grande de lo que pensaba.

“Si alguien les dijera que todavía no tienen el nivel para tocar por eso no les dejan una sala de conciertos, ¿ustedes que dirían?”

Los Beatles fueron lo que fueron por las horas y horas que tocaron juntos en los bares de Hamburgo

“Tenemos 17 años, es lógico que nos falte y a veces sentimos que damos vueltas a nuestros temas pero lo que más nos falta es el público, esa primer reacción que nos permite saber si los temas funcionan”. “Nos planteamos dos tipos de objetivos, unos realistas y otras ideales, y vamos a por los segundos”.

En la biografía de John Lennon, Philip Norman cuenta que Los Beatles fueron lo que fueron por las horas y horas que tocaron juntos en los bares de Hamburgo. Esos pequeños “conciertos” los aceitaron, los hizo escucharse, atreverse, conocerse. Algo parecido cuentan los Artic Monkeys, aprendieron a componer canciones escuchando otros grupos. Tocar para ellos hace que sus iguales escuchen y eduquen su oído a su idioma, escuchar su música los identifica. El asesino sabe como matar una identidad, porque un  grupo de gente con identidad propia es muy peligrosa. Si no lo detenemos nunca mereceremos tener unos Beatles en Sevilla.

Y entonces se me aparece un sospechoso que no teníamos en cuenta: “uno de los nuestros”. Porque puede que hayamos generado un ambiente cerrado y estamos tan preocupados por nosotros que nos olvidamos de ellos. Quizás también haya responsables de pelo largo y con una camiseta de “Los ramones” que tenga el discurso del sacrificio para ser dignos de dar un “concierto de nivel” y prefiera darse un bañito de masas antes de ceder su espacio a unos chavales que recién comienzan.

Uno de ellos me dijo “Que hagan como nosotros que salíamos a tocar por ahí”. “Pero son menores” le digo. “Pues que esperen a hacerse mayores”, me suelta y se enciende un porro y tras la nube de humo veo alguien disfrazado de rock sin tener una gota de rock en la sangre.

Hay cómplices. Hay sospechosos. También hay quien lucha contra el mal organizando Festivales. Pero hay un asesino en serie: uno que tiene varios cuchillos en su guante. Uno silencia la música que no le gusta, el otro recorta el derecho a la salud, el otro los clava en unas aulas grises y masificadas, usa el siguiente para estigmatizarlos con el miedo al futuro.

Me gusta cuando los jóvenes entienden que pueden pelear contra Freddy Kruger con imaginación

El asesino ataca mientras sueñan. Como en la película, ellos tratan de mantenerse despiertos pero soñar es indispensable para el cerebro. (Lo es con una realidad amable, imaginen con la hemos montado). “¿Qué vais a hacer?”, les pregunto temiendo que digan “Echar currículums”. “Queremos dar un salto de sonido”, “Estamos probando con un rollo más funky”, “Seguir componiendo canciones”, “Vamos a experimentar con las letras”, “Un video-clip”, “Estamos haciendo rap”. Todas las frases que sueltan tienen que ver con la música. Un alivio para los amantes del rock, un grito de furia para el asesino que grita “Volveré”.

De las películas de Pesadilla, mi favorita es la 3: Guerreros de sueños. Me gusta cuando los jóvenes entienden que pueden pelear contra Freddy Kruger con imaginación. Eso recuerdo cuando veo que ellos adaptan su formato a versiones acústicas, o cuando ensayan día tras día apostando a los conciertos aislados o soñando con que al fin alguno de los festivales locales les respondan a los mails. Ellos crecen tocando. Saben, sabemos, que como en su caso, los grandes grupos nacieron  de compañeros de Instituto que tocaron en garajes, de amigos de toda la vida que sumaron talentos, de vecinos que se reunían a escucharse en el garito local.

Podían haberse resignado a las voces que le dicen que la única música que se puede escuchar en Sevilla es el flamenco, pero ellos son el rock. No tienen lugares donde tocar cada fin de semana para ver crecer sus canciones. No tienen apoyo. Pero no tienen miedo. Somos nosotros los que no merecemos el rock.

Joaquín DHoldan | @joadoldan

 

 

Joaquín DHoldan (Montevideo, 1969). Ha escrito de todo, por ejemplo: libros de cuentos (“La cita y más artículos para dentistas”, Ed. Ripano, Madrid, 2007), novelas (“Héroes rotos”, Ed. Ecobuk, Sevilla, 2010, “”Cruzar la muralla”, Ed. Slovento, Madrid, 2008, “El murguista muerto”, Ed. Abrelabios, Montevideo, 2009), “Estuario” (Ed. Anantes, 2014,Sevilla), libros ilustrados “Fantasmagórico” (Ed. Bitiji , Sevilla, 2014), libros científicos (“Manual de introducción a la odontología”, Ed. Ripano), obras de teatro (“Ella, Kafka”, “Adiós mundo cruel”, “Fantasmas bajo mi cama”, “El Greco pinta al Gran Inquisidor”estrenadas en Uruguay, Argentina, México, Puerto Rico y España), artículos , crónicas , columnas y micro-relatos en revistas de papel y digitales en varios países. Mantiene desde hace años un blog (Las letras y los Ojos). Es miembro del Colegio de Escritores de España (Sede Andalucía), del Colegio de Dentistas de Sevilla, de la Asoc Gral de autores del Uruguay, de la Asoc Por la equidad en la salud. Toca el ukelele con lentitud.


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