Elogio de la gratuidad, elogio de la precariedad

Elogio de la gratuidad, elogio de la precariedad

¿Cuántas veces has oído en una conversación entre artistas o gestores culturales la frase “y que conste que yo no cobro ni un duro”? ¿Cuántas veces es una expresión de orgullo o de reivindicación? ¿Cuántas dudas son despejadas y malos pensamientos desalojados de nuestras cabezas al saber que “afortunadamente” tal o cual organizador no cobra por un proyecto cultural? ¿No es preocupante que convirtamos este hecho en un valor positivo con tanta frecuencia? ¿Y no es más preocupante que, en ocasiones, quienes realizan el “elogio de la gratuidad” sean los mismos que expresan su malestar por la precariedad, suya y general, en la cultura? Tal vez es un poco rebuscado, pero yo intuyo que quizás haya cierta causa-efecto en este algoritmo.

Aún hoy en según qué entornos, todavía hay que explicar por qué los profesionales de la cultura deben cobrar

Vayan por delante un par de cuestiones: Por un lado, si tuviera que tomar posición, creo principalmente en un cobro justo y equitativo del trabajo, sin desmesuras, siendo un ámbito el cultural en el que se manejan parámetros tan complejas como el talento, los cachés, el conocimiento o la trayectoria. Parámetros que, por otro lado, no son tan lejanos en otros sectores en los que el debate sobre lo que se debe cobrar y, sobre todo, sobre si se debe percibir un salario por un trabajo, están más que superados. Censuro, por supuesto, desmadres en éste u otro sector, abusos de poder y cachés de megaestrella.

Por otra parte, no veo nada en contra del trabajo gratis en según y cuáles circunstancias. Sin ir más lejos, yo mismo, muchas veces, muchísimas veces, he trabajado gratis por unos u otros motivos: amistad, inversión, interés, altruismo, colaboración, aprendizaje, aburrimiento…  Y, ojo, subrayo “en según y cuáles” porque aquí reside gran parte del quid de la cuestión, en saber diferenciar los contextos y las situaciones.

La precariedad en cultura está muy lejos de ser superada

La cultura y el dinero forman una ecuación difícil y compleja, no exenta, más bien al contrario, de todo un crisol de confusiones. Se confunde la empresa cultural con “La Empresa” en el sentido más puramente capitalista cuando, si bien existen un puñado de empresas culturales que trabajan con índices de amortización, beneficios y productividad, la mayor parte se maneja principalmente en los parámetros de la supervivencia, del bien común y de la creatividad. Se confunde “lo público” con el trabajador público o con el ladrillo público, se confunde caché con gastos, voluntariado con intrusismo o accesibilidad a la cultura con gratuidad.

Dentro de estas confusiones, para mí existe una realmente perturbadora, y me perturba porque también me genera una enorme confusión: El elogio de la gratuidad, del trabajo gratis. Un elogio, que, por lógica, se contrapone a lo que estaría mal visto; o sea, trabajar cobrando, no digamos ya cobrando “dignamente” o incluso estando “bien pagados”.  “Yo no cobro por hacer tal o cual trabajo” se ha convertido en una especie de frase hecha que nos exime de una etérea e inconcreta pero existente culpa. Mientras que el profesional que cobra su trabajo (¡cobra su trabajo! Menudo concepto revolucionario) esconde su condición de asalariado, las actividades organizadas por gente “que no cobra un duro” cuentan con un plus, con un visto bueno general, una empatía sobresaliente y una gran acogida del público. ¿A nadie le inquieta esto?

Incluso escribir un artículo de estas características nos conduce, casi sin poder evitarlo, una posición a la defensiva, por la cual me veo obligado a alabar el trabajo de voluntariado cultural o a especificar que son distintas las circunstancias de los que tenemos, porque lo hemos elegido así, que ganarnos la vida con nuestras ideas y proyectos –o con nuestro sudor y horas- en el mundo de la cultura respecto de aquellos que cuentan con una estabilidad económica, por los motivos que sean, y “juegan” con mayor o menor profesionalidad a esto del arte y la cultura. Creo que la cultura es algo extremadamente amplio, que la participación ciudadana es fundamental, que todas las personas tienen derecho a hacer lo que les dé la gana, incluyendo poner en pie un proyecto artístico o cultural, ya lo hagan por motivos profundos, por puro capricho o incluso por ego. Aquí no estamos hablando de que toda la cultura tenga que desarrollarse por profesionales que cobren por trabajar. Simplemente estamos hablando de que esté mejor visto no cobrar, o cobrar poco, que, digámoslo de una vez, ser personas con unas relaciones laborales y con el dinero sanas y normalizadas.

Es obvio que trabajar gratis, cuando se hace conscientemente y no a regañadientes, aporta una satisfacción, normalmente porque entendemos inconscientemente que estamos aportando algo, ya sea a nosotros mismos, a un amigo o a nuestra ciudad. Sea por satisfacción personal o por querer que nuestro trabajo se convierta en un regalo para alguien, tiene bastante sentido que el “cochino dinero” se convierta en un agente impuro para cualquier cosa que hagamos. Pero el ensalzamiento del trabajo gratis, al menos en cultura, conlleva un enorme daño colateral. Por ello tal vez sea más inteligente no alardear, no airear, no llevarlo al titular de las cosas, y relegar las buenas intenciones a parcelas más privadas. Tal vez la próxima vez, esa próxima vez en la que nos gustaría cobrar, en la que nos gustaría vivir dignamente, en la que supondría el paso para poder vivir de nuestro trabajo, tengamos que comernos algunas palabras.



Gestor cultural. Experto en comunicación cultural. Director de ElClubExpress



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