La televisión es un monstruo grande y pisa fuerte

La televisión es un monstruo grande y pisa fuerte

“A fines del siglo XX dejé de ser un ser humano. Lo que no es, necesariamente, algo malo. Sólo es algo. Me levanto, escribo, como, escribo, miro tv”.
Nick Cave  en 20 000 días en la Tierra

Los intelectuales del mundo repiten hasta el hartazgo lo nociva que es la televisión. Horas y horas de programas superficiales, llenos de noticias vacías  y personajes sin trascendencia acuñando el término “telebasura”.

La “ex pequeña pantalla” (ahora los plasmas son enormes  y los teléfonos tiene pantallas más pequeñas), es denostada por artistas de gran calidad. Y la afirmación: “en casa no tengo televisión”, es  sinónimo de estatus intelectual, casi de aspiración poética, una forma de rebeldía ante el sistema. Parecido a votar en blanco, o mejor todavía, a no votar.

Los de mi generación encedemos la televisión aunque no la miremos, o saltamos de canal en canal.  Podemos soportar o no los programas que emiten, pero la televisión ocupa un espacio en la casa. Quizás porque de chicos era la forma de entretenimiento más popular, había pocos canales, vimos llegar el color, los noticieros nos contaban una única verdad, pero  sabíamos (más o menos) lo que pasaba en Asia. Todo gracias a la Tele.

Claro que al madurar se hace inmirable. Cierto es, que no resiste la comparación al placer de la literatura, o de la buena música en vivo, o del teatro. El pobre monstruo ni siquiera puede competir con otras formas del arte, ¿han intentado ver  teatro o un concierto por tv? (puaj)

Entonces se llegó a la situación dramática actual:  La tele dura día y noche, mastica contenidos de forma continua, los rumia, los regurgita, vuelve a masticar, a veces completa la digestión, defeca, y vuelve a empezar. Además  los que leen libros lo dicen a diario, ellos no miran tele. El monstruo sabe que sus víctimas no son ellos, y le sonríen a los otros. Acechan las casas de quienes si lo ven, se acurruca en los hogares donde es más querido. Camina a la velocidad del más lento mientras se relame.

Una vez le pregunté a un productor de tv si era necesario que los programas fueran tan malos, si de de verdad era tan difícil generar contenidos de más calidad. Me contestó que el problema era yo, que la tele no era para mí, ni para mis amigos lectores, que estaba pensada para otro público. Uno que mira tele.

Navegar se llama, es igual de superficial que el zapping, igual de rápido, pero más variado. Los chicos y chicas se aburren antes

Internet cambió todo. Aparecieron las web series, los canales de emisión on line, las redes como medidores de audiencia, como generadores de opinión, como medio de difusión cultural universal. Los “nativos digitales” no hacen zapping, buscan sus programas y los miran cuando quieren. Navegar se llama, es igual de superficial que el zapping, igual de rápido, pero más variado. Los chicos y chicas se aburren antes.
Irónicamente, el público de cine ha sido testigo de cómo, película a película, el medio audiovisual ha cambiado. La odisea de hacer un film ya no es una tarea titánica, la calidad y  un presupuesto gigante no siempre van de la mano. Hemos visto crear maravillas independientes con poco dinero  y las hemos visto en festivales (nada como un cine), o en casa  en un ordenador. Por otro lado hay una gran línea de películas que ya se conciben en formato de serie. Las producciones de superhéroes por ejemplo, salen en capítulos, trimestrales, bi anuales, pero para una gran producción, un éxito es una trilogía (cuando menos).

Las series de televisión, único ámbito dónde hasta los más intelectuales confiesan quedar atrapados por el monstruo

Por otro lado, las series de televisión, único ámbito dónde hasta los más intelectuales confiesan quedar atrapados por el monstruo, cada vez se parecen más a una película, larga, muy larga, pero una película el fin (con sus actorazos, su presupuesto millonario, su aspiración a durar una década).

Mi problema es que siempre me gustó la tele. El sonido de fondo, o la luz (poltergeist aparte), lo tengo asociada a mi familia reunida. Dicen los psicólogos que nos comunicábamos menos por culpa de ella. ¿Menos que ahora con los teléfonos? ¡Por lo menos todos veíamos lo mismo!

Los números de la televisión son impresionantes. Sigue siendo el medio masivo, imbatible, imparable. Un libro sobre un programa de televisión o escrito por un personaje de un programa de televisión aplasta a la novela mejor escrita. (Una vergüenza, pero una vergüenza nuestra). Ya lo dice Baricco en “Los Bárbaros”: “Los libros se venden por algo que no está en los libros”.

No apostar a la excelencia es de cretinos

Quienes gestionan contenidos miran números, es cierto, (y los publicistas, y los gerentes de marketing). Pero es una canallada privar, (por pretender hacerlo popular), a los contenidos de cualquier complejidad que los haga mejores. No apostar a la excelencia es de cretinos. Pensar que “para que lo entienda todo el mundo “ hay  que renunciar a dar los datos necesarios para el real disfrute de todo lo que un medio así puede ofrecer, debería ser delito. Usar la televisión para controlar las masas, además, es inútil, señores, enteraos de una vez… que eso si ha cambiado.

Yo soy de los que creo que hay que ir a votar. Y creo que hay que mirar la tele que valga la pena mirar. Quizás eso sea la nueva apuesta, dejar de presumir de “no tener tele”, sino  ver sólo los programas que estén bien hechos, o que sean muy entretenidos sin renunciar a tener valores éticos.

Puede ser que el humor esté atrapado en las “sit com”, la ficción en las “movie series”, la modernidad en los “late shows” y el patio de vecinos en los “realities”. También vivimos la desgracia  que los programas de debate sea una falsa exposición de plataforma de partidos políticos, donde no hablan los que saben de los temas sino los más aburridos y previsibles  panelistas. O que los noticieros sean una burla donde se habla del tiempo u opinan los paseantes como en la más intrascendente conversación en un ascensor o un taxi. O los programas del Madrid y el Barca (me niego a llamarlos programas deportivos, n siquiera de fútbol), con sus paneles interesados y sus comentarios sesgados.

Pero cada tanto programas como “Página 2” muestra que se puede hablar de libros y entretener, o “Esto es ópera” educar sobre música, o “Retorno a Lilifor” hacernos  reír, incluso “Cuarto milenio” muestra que se puede hacer un programa periodístico aunque sea de eventos que ni siquiera importa si son ciertos.  Hay cientos de ejemplos en las dos puntas. La televisión es un monstruo grande, y pisa fuerte. En la sociedad y en la cabeza de sus protagonistas, en la vida de sus espectadores, en toda la cultura.

Si renunciamos a ella la dejamos a merced de los mercaderes. Es el empresario que atrapó a King Kong y nosotros somos la rubia que podríamos liberarlo.

La tele es hipnótica. ¿No les sucedió que se vieron atrapados mirando  largo rato “Empeños a lo bestia”, o “Veterinario al rescate”, o “El encantador de Perros”, o “Frank de la Jungla”?… Esos  shows donde parece que vemos la vida misma olvidando que hay una cámara que está de pie al lado de los tipos que piensan en voz alta, ponen  caras de circunstancia o resuelven los problemas más complejos en  menos de una hora. ¿No les pasa? ¿Sólo a mí y a otros millones de idiotas?…vaya…

Ya lo decía Galeano “Hay quienes confunden importancia con aburrimiento y diversión con superficialidad”. Pero al final la clave no está en el medio. Un pueblo con buenos trabajos, que gana un salario digno y tiene las necesidades básicas resueltas y que tiene protegida su salud y garantizada su educación, tiene la base sobre la cual se edifica su identidad cultural. En esa base debería estar el desafío que la lleva a buscar cada vez más el disfrute, el gozo, la inteligencia. Muy erróneamente se habla de preparar a los jóvenes para “COMPETIR”, los puntajes, las  notas, la selectividad. Un desastre. Nadie les dice que lo bueno de formarse, de leer y educarse, de escuchar buena música y ver teatro, lo bueno de aprender cosas nuevas, no es el futuro, los puestos de trabajo o la seguridad, lo bueno de la formación es que nos prepara, nos da más herramientas para disfrutar, para ser felices. Una persona bien educada, por ejemplo, hace el amor mejor. Se goza todo más. Todo es más divertido. Y por eso,  si te pones frente a una televisión no podrías resistir mirar cualquier porquería por mucho rato, luego que tu cerebro pone la pausa, y quizás hagas  una pequeña siesta de ideas, vas a preferir descansar o disfrutar algo más complejo que la falsa vida de otra persona.

 

Joaquín DHoldan | @joadoldan

 

Joaquín DHoldan (Montevideo, 1969). Ha escrito de todo, por ejemplo: libros de cuentos (“La cita y más artículos para dentistas”, Ed. Ripano, Madrid, 2007), novelas (“Héroes rotos”, Ed. Ecobuk, Sevilla, 2010, “”Cruzar la muralla”, Ed. Slovento, Madrid, 2008, “El murguista muerto”, Ed. Abrelabios, Montevideo, 2009), “Estuario” (Ed. Anantes, 2014,Sevilla), libros ilustrados “Fantasmagórico” (Ed. Bitiji , Sevilla, 2014), libros científicos (“Manual de introducción a la odontología”, Ed. Ripano), obras de teatro (“Ella, Kafka”, “Adiós mundo cruel”, “Fantasmas bajo mi cama”, “El Greco pinta al Gran Inquisidor”estrenadas en Uruguay, Argentina, México, Puerto Rico y España), artículos , crónicas , columnas y micro-relatos en revistas de papel y digitales en varios países. Mantiene desde hace años un blog (Las letras y los Ojos). Es miembro del Colegio de Escritores de España (Sede Andalucía), del Colegio de Dentistas de Sevilla, de la Asoc Gral de autores del Uruguay, de la Asoc Por la equidad en la salud. Toca el ukelele con lentitud.


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