La sonrisa (helada) del payaso

La sonrisa (helada) del payaso

 

NO HAY TRABAJO PARA UN PAYASO VIEJO
Cámara Negra
Dirección: Carlos Álvarez-Ossorio. Texto: Matei Visniec.
Interpretación: Alfonso Hierro-Delgado, Paco Luna y Carlos Álvarez-Ossorio.
09/10/15. Sala La Fundición (Sevilla).

Hay montajes que cumplen a la perfección con una de las grandes virtudes del teatro: su capacidad para reflejar la realidad en un espejo roto. Es el caso de este montaje de Cámara Negra, una adaptación de Angajare de Clovn, del rumano Matei Visniec. Un montaje probablemente muy distinto al que ideó el autor a través de este texto lleno de oportunidades para el lenguaje del clown, pero que comparte la raíz, esa risa marchita que queda en la imagen de un payaso viejo, y nos deja una rosa llena de espinas.

En este mundo, las caretas asfixian. Los colores del carnaval han perdido el brillo, bañados en gris. Tres payasos esperan su oportunidad en una sala sin ventanas y oscura. Han venido aquí por el anuncio: se busca a un payaso viejo. Es decir, una bendita oportunidad para quien ya se despidió de la juventud y sus oportunidades. Pero la puerta está tapiada. Nadie acude y corren las horas. En esta sala, ya lo hemos dicho, no hay ventanas. No hay nada. Sólo ellos, que ya se conocen, que llevan años aguantándose y han coincidido en el mismo sitio y a la misma hora para optar al mismo puesto de trabajo después de tantos años.

El payaso Blanco, Augusto y Contraugusto –una relación, por cierto, sugerida pero no definitiva- comparten anécdotas, se las recriminan, recuerdan lo que fueron, menosprecian cuanto fue el otro y vuelta a empezar. Aparecen rencillas y pequeños hilos que ganan filo con el paso del tiempo. Como a quien progresivamente le fuera apretando hasta el dolor la nariz roja. Estos tres personajes que llenan por sí solos el escenario de acción se someten a los tiempos y cánones de la comedia –desgracias, giros, tropiezos y sobre todo fracasos-, pero no hay comedia o hay la justa. Como si la hubieran extraído con la precisión de una jeringuilla, esta obra juega a ser un caramelo amargo en la boca. El espectáculo se presta a los infinitos recursos del clown, pero aquí están contados.

Y ésa, precisamente, parece su intención y es el mayor mérito de la propuesta de Álvarez-Ossorio. Esta risa huérfana, que muere en la boca para preguntarnos por qué. Un cuadro que somete al espectador a la reflexión, esa mirada necesaria que nos hace ver presos a los animales del circo. Un circo que aquí sugiere poco de ilusionante y mucho de cruel, de olvido, abandono y hasta violencia. La larga sombra de quien fue payaso les pesa y nos pesa. Los actores cargan excelentemente con esta sombra y sus cuerpos y sus voces llenan la escena de un vacío conmovedor.

Quien busque el respiro vacío de la comedia ligerita se encontrará aquí con tres sombras que antes de nublarse fueron luces. Tres vidas apagadas hasta la agonía, arrebatadas como un jardín una tarde de lluvia. Y tres actores que se arrugan o se alzan para redondear al personaje, campan a sus anchas por este limbo y respiran majestuosamente con sus cuerpos. Hay sombras, hay decrepitud y sobre todo, como exige el buen teatro, provoca preguntas.

 



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