La perdición de Hedda Gabler

La perdición de Hedda Gabler
Centro Dramático Nacional.
Dirección: Eduardo Vasco. Texto: Henrik Ibsen. Versión: Yolanda Pallín.
Interpretación: Cayetana Guillén Cuervo, José Luis Alcobendas, Ernesto Arias, Jacobo Dicenta, Verónika Moral, Charo Amador y Jorge Bedoya (pianista).
23/10/15. Teatro Lope de Vega (Sevilla).

Resulta una obviedad decir que toda obra viene marcada por su tiempo y su espacio. En el caso de Hedda Gabler, uno de los éxitos de Henrik Ibsen, los últimos coletazos del siglo XIX. La elegancia, las formas, el apogeo de la burguesía. Una época en la que la sangre se contenía hasta que se disparaba y de cuando en cuando, sobre la mesa puesta y el mantel, se derramaba el vino. Ése es su tiempo. Servida hoy, a finales de 2015, cuesta asimilarla, y especialmente a través de una versión tan respetuosa con el original. Plasmarla desde sus raíces deja una pregunta: ¿por qué este texto?

Porque ésa es Hedda Gabler. La mujer que todo lo pide y no devuelve nada, la niña caprichosa que juega a cumplir y traicionar sus deseos, hermosa y poderosa pero perdida para todos y para sí. Casada con un marido que aborrece. Dueña de una casa que, a pesar de prometer la ruina a toda una familia, regalaría a las primeras de cambio. Una mujer fría, que juega torcer cuanto se encuentra y parece buscar la perdición de sus semejantes creyendo, ingenua, que la podría disfrutar. En su tiempo, esta mujer era un escándalo. Hoy no produce el mismo efecto. Son otros tiempos y otras miradas.

Hedda vuelve de una luna de miel que, nos confiesa, ha sido un martirio. Lujosa y larga, pero sin calor. Su marido pasa más tiempo en la biblioteca que bajo sus sábanas y ella se aburre miserablemente. En ese caso, podría divertirse buscándose un amante, pero tampoco así. Le surge y no lo reclama. Aparece un antiguo pretendiente, recuperado de su alcoholismo y centrado en su carrera… Y ella, sencillamente, apuesta por buscar la ruina de todos. Incluida la suya. En otros tiempos, un auténtico escándalo ante el ideal burgués de la buena esposa. ¿Qué vemos hoy? Si acaso, una mente perturbada.

El montaje que nos trae el Centro Dramático Nacional no permite mucho. La propuesta es buena. La adaptación y la dirección, elegante y certera, capaces de desarrollar hora y media de función sin que el tiempo pese más de lo debido. La mayor parte de los actores secundarios realza el montaje con un trabajo magnífico, con un Jacobo Dicenta y Ernesto Arias especialmente brillantes. No hace falta mucho para contar la historia: el piano, la cortina, ese árbol proyectado para que nos queden claros los colores y los cuerpos en escena, apoyados sobre las paredes floridas del Lope de Vega, una cárcel florida.

Pero es imposible empatizar. Primero, porque Cayetana Guillén Cuervo no ha terminado de encontrar al personaje. Le viene como un guante, pero no lo tiene. Y luego, por la gran distancia sociocultural. Poco nos importa el destino de esta desdichada. Tal vez con otra actriz. Tal vez con otra Cayetana. Pero la propuesta, así tal cual, no emociona. Pasa sin filo ante nosotros. Un plato frío.



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