Un Hamlet brillante

Un Hamlet brillante

Un montaje a la altura del texto y que además viene a confirmar, consolidar y celebrar el proyecto de Teatro Clásico de Sevilla.

HAMLET
Teatro Clásico de Sevilla.
Dramaturgia y dirección: Alfonso Zurro.
Interpretación: Pablo Gómez-Pando, Juan Motilla, Amparo Marín, Rebeca Torres, Antonio Campos, Manuel Monteagudo, Manuel Rodríguez, José Luis Verguizas y José Luis Bustillo.
Teatro Lope de Vega (Sevilla). 20/11/15.

 

Hay textos que de por sí, por su condición de mito, han llegado a parecer inasumibles. Y más aún si los firma Shakespeare. A priori, podríamos aventurarnos a pensar que montar un Hamlet sólo admite dos destinos: el fracaso rotundo, por su complejidad y el historial de innumerables montajes que han ido elevando el listón, o el éxito. Textos como éste gozan de tanto respeto que lo natural es llegar ya a la butaca rumiando los prejuicios; y el éxito, en realidad, queda relegado al más difícil todavía. Y en este caso, el de Teatro Clásico de Sevilla, podemos hablar de éxito rotundo.

Su versión del Hamlet es brillante. Alfonso Zurro respeta, ordena y hasta mima el texto. Dota a la obra de un ritmo verdaderamente sorprendente a pesar de sus dos horas y media. Ofrece lo que ya conocemos y esperamos, pero también juega con ese espectador que se ha leído la obra hasta desgastarla, rasca aquí, descubre allá, y termina ofreciendo sorprendentes hallazgos. Su montaje es hermoso, vibrante y virtuoso. Un montaje a la altura del texto y que además viene a confirmar, consolidar y celebrar el proyecto de Teatro Clásico de Sevilla.

Su gran mérito, como apuntaba Pablo Bujalance en “Volver a Hamlet”, es ofrecer un nuevo retrato del protagonista. Este príncipe de Dinamarca pierde parte de su ingenio sobrehumano, sus dudas sobrecogedoras y su desolador existencialismo. Todo ello sigue apuntado en el personaje, pero en menor medida. Más bien, está implementado en un muchacho, un joven de hoy. El mismo ansia de protagonizar su propia historia y la misma falta de constancia, por momentos fuelle y por momentos apoyo.

Este Hamlet-gipster quiere vengar la muerte de su padre, pero encuentra en su locura -de nuevo: ¿fingida o autoinducida?- un refugio antes que un puñal. Y cuando se manche las manos de sangre, llegará a escandalizarse. Porque sabe que tiene un destino, pero le falta la vida necesaria, la experiencia y tal vez la frialdad que dan los años para asumirlo. Por tanto, mantiene las salidas de tono de Hamlet, pero quedan más como fogonazos de implacable lucidez y, a la vez, los simples desplantes del adolescente que se sabe un aprendiz de genio.

Este gran mérito es, aparte de Alfonso Zurro y la producción, de Pablo Gómez-Pando. Encarna con brillantez a este Hamlet que acaba de cerrar las puertas de la pubertad, consigue empatizar con el espectador desde el primer momento y juega las locuras de su personaje para ofrecer grandes momentos de humor. Sus carreras, sus desmanes y sus repentinos cambios de actitud le quedan al personaje como un guante, y su intachable interpretación sobresale por encima de un conjunto ya de por sí majestuoso.

A Gómez-Pando le rodea un magnífico elenco -con la sustitución de Manuel Monteagudo por problemas de salud a cargo de Juanfra Juárez y Joserra Leza-, grandes actores que completan esta verdadera muestra de calidad escénica sobre el promontorio que simboliza un reino dividido y disputado. La escenografía, las luces y el espacio sonoro terminan de marcar una referencia de brillantez para el teatro. Un montaje más que digno para cargar con el apellido de Shakespeare, y en andaluz.

 





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